Escrito por: Alejandro Villegas /@Alejandrovg32 / Foto: /@Alejandrovg32
Cuando cayó el último out en el loanDepot Park y Venezuela se consagró campeona del mundo, Carlos Guillén no lloró. No saltó. No abrazó a nadie en ese primer instante. Tenía trabajo que hacer.
Meses antes del primer lanzamiento
El campeonato venezolano del Clásico Mundial de Béisbol 2026 no comenzó en West Palm Beach ni el día del primer pitcheo. Para Guillén —jefe de comunicaciones de la selección y miembro del Departamento de Prensa en Español de Tigres de Detroit — la preparación arrancó desde la mitad de la temporada pasada, con reuniones todos los lunes, planificación logística, armado del roster y definición de la estrategia comunicacional del equipo.
«Todo esto no arrancó el día que se reportaron en West Palm Beach», explica Guillén. Meses de trabajo silencioso precedieron cada juego, cada conferencia de prensa, cada entrevista con los medios de Venezuela y del mundo.
Algo diferente en el clubhouse
Cuando Guillén cruzó por primera vez la puerta del clubhouse venezolano, lo supo. «Sentí que algo diferente había», recuerda. La música, el ambiente, la energía. Una química similar a la del Clásico de 2023, pero esta vez con un equipo que tenía la madurez y la determinación para llevarlo hasta el final.
Los tambores en las gradas. La camaradería en el dugout. Los momentos detrás de cámara que el público nunca vio. Esa selección construyó algo especial, y Guillén fue testigo privilegiado de cada pieza del rompecabezas: desde las bromitas en el dugout hasta el nivel de compromiso de cada jugador ante la avalancha de solicitudes de prensa.
«Me dio mucho gusto la respuesta de ellos. Súper colaboradores, súper trabajadores», dice. Bastaba que el equipo pisara el terreno para la práctica de bateo y ya había filas de periodistas por la línea de primera base y por la de tercera, todos esperando su turno.
Guillén era el que orquestaba todo: «A las 3:45 tú vas a estar aquí, a las 3:46 tú vas a estar allá».
Mientras ellos se abrazaban y lloraban, yo estaba buscándolos para alguien que yo fuera a llevar a entrevistas.
El último out que no pudo disfrutar
El jonrón de Bryce Harper que empató el juego puso a toda Venezuela al borde del infarto. Pero para Guillén, esa jugada fue algo diferente: un obstáculo más en la lista de imprevistos que había que resolver antes de que terminara la noche.
Cuando Venezuela finalmente cerró el capítulo y se coronó campeona, el equipo explotó en llanto y abrazos sobre el terreno. Guillén, parado en la escalera del dugout, esperaba el momento exacto en que cayera el último out para poner en marcha el plan de entrevistas: Fox Sports, Emil Villaitor, la radio venezolana, los medios internacionales. Todo estaba calculado al segundo.

«Cae el último out, saltamos al terreno… y yo estaba con ese chip», confiesa. El chip del trabajo. Durante la celebración con champaña y durante la conferencia de prensa posterior, Guillén siguió en modo operativo. Su rol no le permitió disfrutar como lo disfrutó toda Venezuela.
Una medalla para toda Venezuela
Aunque la euforia inmediata le fue esquiva, el significado de lo logrado no se le escapa. La medalla que cuelga en su casa no es solo suya. «Va para mi familia, para mis maestros, para mis profesores de la universidad, para mis ex compañeros de trabajo en Venezuela, mis compañeros aquí, mis amigos», dice Guillén.
Y más allá del círculo personal: esa medalla la llevan con orgullo todos los integrantes del equipo venezolano, como símbolo de una nación entera. Un país que encontró en ese trofeo un motivo colectivo de celebración que trasciende el béisbol.
La molienda no para para Guillén
Al día siguiente del campeonato, no hubo pausa. Venezuela no tuvo su desfile. El Spring Training no esperaba. «El chip de clase mundialista se quitó como si fuera un día cualquiera», describe Guillén, y al día siguiente ya estaban de vuelta en los campos de entrenamiento.
Es la vida del béisbol. A diferencia del fútbol americano, el hockey o el baloncesto —donde los equipos juegan una vez por semana y descansan varios días entre partidos— en Grandes Ligas se juega todos los días y se viaja al siguiente. Lo llaman the grind. La molienda.
Guillén ya tiene una fecha marcada mentalmente: el 2 de noviembre, fin de la temporada. Ese día planea sentarse, abrir las fotos, buscar los videos que la gente compartió en redes, ver las entrevistas, y reencontrarse con la magnitud de lo que vivió. Porque hasta ahora, no ha habido tiempo para eso.
Yo quiero que ya sea 2 de noviembre para poder sentarme a disfrutar del café y todo lo que hicimos. Ha sido trabajo sin parar.
Tres palabras que lo dicen todo
Al final de la entrevista, cuando se le pidió resumir en una frase esta experiencia, el equipo y esta familia de campeones, Guillén no lo pensó dos veces.
«Somos campeones del mundo»
No solo los que vistieron el uniforme. También los staffers, los que coordinaron la prensa, los que armaron las agendas, los que pusieron el micrófono frente a los jugadores en el momento justo. Y toda Venezuela.
«Nos quedan por lo menos tres, quizás cuatro años para seguirlo diciendo todos los días», cerró Guillén. «Porque hay que decirlo todos los días: somos los campeones del mundo.»


